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planes exequiales

Había una vez un hombre que peregrinaba por el mundo fijándose en aquello que veía. Un día llegó al pueblo de Kammir, antes de entrar en él, vio un caminito que le llamo la atención porque estaba cubierto de árboles y flores. Cogió aquel desvío y llegó a una valla  de madera con una puerta de bronce, entreabierta, como invitándole a entrar. El hombre traspaso el umbral y empezó a andar entre  piedras blancas, distribuidas entre los árboles, como por azar. Era el cementerio del pueblo.

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Cuando preguntaron al Rabino Berditchev cuál era el camino correcto, el de la pena o el de la alegría, dijo:-Hay dos clases de penas y dos clases de alegrías. Cuando un hombre piensa en las desgracias que han recaído sobre él, cuando se encoje de miedo en un rincón y pierde las esperanzas de obtener ayuda, ésta es una mala clase de pena, según lo siguiente: 

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“Una mujer fue a ver a Jesús: su niño había muerto y ella lloraba y se quejaba; era una viuda, nunca tendría otro hijo, su único hijo se había muerto, él que era todo su amor y a quién prestaba toda su atención…

¿Qué hizo Jesús?  Se sonrió y le dijo: “Ve a la ciudad y trae algunos granos de mostaza de alguna casa dónde nadie haya muerto”.

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Un muchacho entró con paso firme a una tienda y pidió al joyero que le mostrara el mejor anillo de compromiso que tuviera. El joyero le enseñó uno.  Una hermosa piedra solitaria, que  brillaba como un diminuto sol resplandeciente. El muchacho contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó, preguntó el precio y se dispuso a pagarlo.-¿Se va usted a casar pronto?- le preguntó curioso el joyero.

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Dos amigas se encontraban tomando un café y una le comenta en tono de queja a la otra: -Mi mamá me llama mucho para decirme que vaya a conversar con ella. Yo voy poco y en ocasiones siento que me molesta su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos. Cuentan las mismas cosas, además nunca me faltan los compromisos; que el trabajo, que mi novio, que los amigos. -Yo en cambio, le dijo la compañera, converso mucho con mi mamá.

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“Don Luis era ya un anciano cuando murió su esposa, había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia. Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien, ya que para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna. A los 80 años don Luis se encontraba solo y lleno de recuerdos. Esperaba que su hijo, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que éste apareciera.

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