Había una vez un hombre que peregrinaba por el mundo fijándose en aquello que veía. Un día llegó al pueblo de Kammir, antes de entrar en él, vio un caminito que le llamo la atención porque estaba cubierto de árboles y flores. Cogió aquel desvío y llegó a una valla  de madera con una puerta de bronce, entreabierta, como invitándole a entrar. El hombre traspaso el umbral y empezó a andar entre  piedras blancas, distribuidas entre los árboles, como por azar. Era el cementerio del pueblo.

Miró las inscripciones y leyó:

Abdul Tareg, vivió ocho años, seis meses, dos semanas y tres días. El hombre sintió pena por el niño muerto tan joven y con curiosidad fue leyendo las otras lápidas a su alrededor, con sorpresa se dio cuenta que la persona que había vivido más tiempo, solo había vivido once años.

Terriblemente abatido se sentó fuera del cementerio a pensar la causa de las muertes tempranas de tantos niños, un viejo que pasó por allí se le acercó y le pregunto que le pasaba y el respondió -¿Qué paso en este pueblo? ¿Por qué tantos niños están enterrados en este lugar? ¿Qué maldición habréis sufrido?

No existe tal maldición, buen hombre serénese, lo que pasa es que en nuestra comunidad, cuando un joven cumple quince años se le regala una libreta como esta que yo llevo colgada. A partir de esa edad, cada vez que uno goza intensamente, vive un momento especial o intenso, siente amor, paz o felicidad, anota en el cuaderno lo que siente y cuanto tiempo dura, así lo vamos haciendo todos y, cuando morimos, se suma el tiempo vivido con plenitud de sentido y conciencia por esta persona y se anota en su lápida.  Este es amigo mío, el único y verdadero tiempo vivido.

Del libro Aplícate el cuento de Jaume Soler, M. Mercé Conangla. Ed. Amat. Barcelona 2004. Cuento La verdadera vida vivida. Pág. 122.

Vivir con conciencia de lo que se hace y cómo se hace, es permitir que ese ser superior que habita en cada ser humano se manifieste a plenitud, construyendo actitudes y hábitos para enfrentar  los distintos desafíos que se asumen en el peregrinar cotidiano.

Estar vivos, nos involucra en propósitos y compromisos hechos de ilusiones y deseos algunos, otros de deberes y obligaciones, al fin y al cabo, también forman parte de la existencia.

Un propósito de vida es realizar trabajo individual e íntimo, abrir la puerta a la sabiduría interior y permitir que ese maestro que está dentro de cada uno de nosotros salga y nos hable a través de la magia del amor, y cuando esto sucede, todos los momentos de la vida se tornan especiales.

En una sociedad como la nuestra, en la que el tiempo es corto para todo lo que hay para hacer, es urgente tener momentos para detenerse, observarse y por qué no, apuntar con sincera humildad, los instantes vividos a plenitud.

¿Con los años que usted tiene, cuánto suman los momentos vividos con intensidad?

¿Qué rituales puede realizar para sumarle paz a su existencia?

¿Considera que tiene varias tareas por hacer, que le son significativas?

¿Si a usted le tocara hacer una lista, de experiencias importantes, por dónde empezaría?

¿Cree que está más abierto a desplegar abundancia en su corazón?

¿Enseña a los suyos a ser mejores seres humanos?, – ¿Cómo?

¿Si le correspondiera narrar un pasaje de su vida, en el cual el amor ha sido evidente, por dónde empezaría?

¿Está dispuesto a desaprender alguna parte de su historia?

¿Finalmente qué puede usted hacer para fortalecer el amor, la paz y la felicidad?

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga)
fannybernalorozco@hotmail.com
Tomado de la columna dominical: Había una vez. Diario La Patria. Junio 17 de 2007.
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